miércoles, 17 de abril de 2013
El río de la vida
Imagino un filme como los de Ozu. Que trate de responder a la pregunta ¿de qué va la vida? Una corriente de tiempo atravesando el filme. Encarnado en los personajes. Tres generaciones: los que se van, los que están y los que llegan. Parece absurdo, pero solo el amor hace que no lo sea. Si no se ama se vive en la absurdidad. ¿De qué va el filme? Por un lado están los hechos, causados por el que se va, alrededor del cual se agruparán los personajes. Estos hechos que son la columna vertebral del gran tema que es ¿de qué va la vida? (ya sabemos que el verdadero tema de todo filme es el paso del tiempo, y que todas las películas podrían titularse igual) ¿Pasa el tiempo y qué? Entonces los que están, ante los hechos, aparecen en escena y hablan. Hay quien trata de responder a esa pregunta y los hay que miran hacia otro lado, que disimulan ante la evidencia, y los que hablan de ese otro tiempo que es el de si mañana estará nublado o de si saldrá el sol. Es muy cómico. Es la comedia de la sociedad. Y luego están, en la otra cara de la misma moneda, las verdaderas protagonistas: las estructuras.
Pero el cine es imagen, y hay que ver de qué va la vida. Y hay que ver los diferentes rostros de la misma sangre. Y tratar de hallar las respuestas en los gestos. Y estarán los que vienen, que serán maravillosos, porque en ellos no se tratará de hallar el amor, sino que ellos son el amor (en su forma más pura). Y el cine galopará a través de esa nueva realidad representada. Se hará visible en su superficie. Pero será invisible. Solo los necios podrán ver el caballo en movimiento, y será precioso.
martes, 26 de marzo de 2013
Albert Serra (la entrada de blog)
Iba a cruzar el semáforo y al otro lado vi a una mujer de unos 50 años con la que me entró una necesidad misteriosa de conversar. La mujer, que llevaba una semana sin fumar, se acercó hasta mi, me pidió un cigarrillo y se desahogó conmigo. Ella hablaba y yo no hallaba en sus palabras un ápice de locura. Al despedirse me pregunté quién será el valiente que cargará a sus espaldas el peso de la revolución. ¿Ya habría nacido? ¿A qué esperaba el señorito D.? Acababa de editarse un libro titulado Albert Serra (la novela). Durante años le había odiado, me parecía un farsante. Pero hace unos meses, a altas horas de la madrugada, le presté atención, y le convertí en mi último profesor de cine. Solo pude volver a escribir desprendiéndome de Godard. Como un pintor que en su juventud considerase a Picasso demasiado personal como para servirse de él. Demasiado imponente para mi. Tuve un nuevo amante que resultó ser -yo no lo sabía- hijo de Ozu. Me gustaría conocer a tu padre. Y después de pasarme una larga temporada sentado en un tatami y bebiendo sake caliente con el maestro (él no soltaba prenda y yo trataba de no desesperarme), una tarde apareció una chica dispuesta a confesar a su mujer su aventura apasionada, y yo aprendí cómo pasar de un plano a otro. Entonces descubrí cual fue el error, el día que grabamos en la calle la secuencia en la que Gabriela agarra a Dafne para besarle. Algo no funcionaba. Zaida se dio cuenta, y pensó que afortunadamente era una secuencia de la que podríamos prescindir en el montaje. El primer día que
rodamos Julia se preguntaba si sabía donde colocaba la cámara o si estaba
improvisando, porque trabajábamos sin guión técnico. Lo sabía. Sabía dónde
empezaba un plano, y mi labor en el rodaje era descubrir dónde acabarlo. Lo difícil es lograr entre todos imprimir el ritmo adecuado. Al fin y al cabo
-esto lo aprendimos de Rossellini- la cámara no tiene más importancia que un
tenedor, y lo realmente importante es decirse antes de cada rodaje “O
hago esta película o reviento”. Hacía cuestión de un mes leí Un año ajetreado, los primeros pasos de Anne Wiazemsky, de su historia de amor con Godard y con el cine. Aquella novela era tan importante para mi como en su momento lo fue Éramos unos niños (de Patty Smith). Mi vida me parecía poca cosa comparada con lo que sentía. Entonces le propuse matrimonio al señorito D. Fue una idea emocionante.
lunes, 25 de marzo de 2013
Todo sobre mi madre
Empezó a tronar. Paco me esperaba en el salón, mientras me cepillaba los dientes, cuando Lidia apareció en escena. Sabíamos que nos iba a deleitar con un puñado de brillantes diálogos, como si se los acabara de chivar al oído Tennessee Williams.
¿Dónde está mi hijo?
Lavándose los dientes
¿Afilándose los dientes? Hace bien. Que se los afile, para que los pueda hincar y dar buenos mordiscos.
Lavándomelos, madre. Nos vamos.
¿Ya os vais? Pero si acabo de llegar.
Nos vamos a tomar un café.
¿Es que no hay cafeteras en mi casa? Tengo tantas cafeteras... ¿para qué quiero tantas cafeteras?
¿Ya te ha puesto mi hijo una de sus películas aburridas?
Hemos estado viendo a Woody Allen.
¿Otra vez el feo de Woody Allen? Mira que es feo. Yo no quiero ver gente fea.
Ha estado bien.
Antes lo estaba hablando con Enrique. Le he dicho, mi hijo no para de poner películas del feo de Woody Allen en casa. Y Enrique ha dicho que a él le gustaba. Si Woody Allen tiene películas que están bien, pero tiene otras que son un coñazo. Y me quedo dormida.
Su hijo también se duerme.
Pero yo me duermo antes.
Nos vamos madre.
¿Ya os vais y me dejáis aquí sola?
Dame un beso, Paco. Pero no en la boca.
Dame un beso hijo. Que madre no hay más que una, y a ti te encontré en la calle.
Cada vez que tu madre entra por la puerta aparece Gena Rowlands.
Ya ha vuelto a beber.
Es... Igmar Bergman.
Mi madre es el cine.
domingo, 10 de marzo de 2013
Los amantes pasajeros
Os voy a decir dos o tres cosas que se pueden saber de Almodóvar si se analiza la caligrafía de su último filme. Que no os preocupéis, porque sigue situando su cámara lo más cercano posible a las cosas. Que se ha aligerado, porque sufre 20 quilos menos, y eso le mantiene en forma. Que es esa mezcla entre lo intenso y lo ligero lo que les puede parecer ridículo a los mismos que se ríen del chandal de los revolucionarios. Que sufre menos porque se ha desprendido del peso del tiempo. Y que eso es lo que le ha permitido llegar hasta donde tenía que llegar, pero esta vez escogiendo la ruta que más le ha apetecido, desviándose en el camino para visitar a algún amigo, aunque no fuese lo más práctico. Es de agradecer.
A todos los nostálgicos del Almodóvar neorrealista nos hubiese gustado que situara la cámara en la clase "turística", y durmiera a la business class. Pero para satisfacernos no tenemos más que darle al play a "¿Qué he hecho yo para merecer esto?" y asumir, como bien sabe él, que los ridículos son los que se repiten a pesar del paso del tiempo. Aunque nuestro gran cineasta se nos haya aburguesado.
sábado, 2 de marzo de 2013
Un terrorista no arrepentido que ha revolucionado el cine
Suena Werewolf. A Godard le bastó una tarde con Anne Wiazemsky para confesarle que no podía plantearse ya una vida sin ella. "Vuelva". "Sí". Los encuentros son aleatorios y pueden o no pueden tener lugar. Que tengan lugar no significa que sean duraderos. Tenía miedo a aburrirme o de aburrirle. Pero descubrí a una persona que ignoraba los relojes. Con un apetito feroz de transformar la Historia. "No irás a enamorarte de Truffaut, espero."
viernes, 22 de febrero de 2013
¡Juventud, un esfuerzo más si queremos ser libres!
Decimos Je, Tu, Il, Elle, pero decimos mal.
De algún modo, nuestra guerra
siempre ha sido contra el lenguaje,
así que deberíamos decir
Ella,
El,
Tu y
Yo.
Nuestros viejos nos han encomendado una misión. Nos dicen ¡Juventud, juventud! Ocúpate de la gran tarea que te espera. Tú eres la obrera del futuro y vas a sentar las bases del siglo que viene. Nosotros, los mayores, te dejamos el formidable amasijo de nuestra búsqueda. Y te pedimos tan solo que seas aún más libre de espíritu. Nosotros te cederemos fraternalmente el sitio, felices de desaparecer, si sabemos que tú seguirás nuestro camino y realizarás nuestros sueños. Lo dice Zola, pero también Godard. También Jean-Marie Straub. También Jonas Mekas.
Y nuestros sueños, como los sueños de los que conquistaron la libertad que ahora disfrutamos, han sido cocinados en el fuego sagrado de la hermosa locura de los veinte años. Cuando el cine ardía, se podía estar seguro de que detrás había alguna llamarada de justicia juvenil. Pienso en Garrel, en Chantal, y en Leos Carax. Nuestro deber es y será siempre el de Amar la libertad, y Revolucionar el cine.
Solo podemos hacerlo dándole la espalda a las instituciones, a todo lo que odiamos. Ellas no nos necesitan, quieren seguir posibilitando y ser las representantes de un cine acomodado que se engaña a sí mismo. Que trata de hacernos ver que todo está bien.
Hacernos
ver.
Nosotros tampoco las necesitamos ¡Yo acuso a las instituciones de actuar con brutalidad en contra el buen gusto -la buena educación- y en contra de nuestra libertad! Es por eso que estamos legitimados a responderles con violencia. A llevar la palabra Revolución escrita en nuestra frente.
El digital será nuestro sable y nuestra causa la libertad. ¿Dónde se hallará si no es en las almas nuevas?
viernes, 1 de febrero de 2013
Es como un director de cine que tiene que hacer una película para poder continuar la vida.
Si me preguntasen hoy qué película salvaría de la desaparición del cine respondería que Las señoritas de Rochefort. Y que los psiquiatras deberían de recetar, antes que medicamentos, películas como esta. Y que la felicidad significa, entre otras cosas, vivir acorde a tus pulsaciones por segundo. Y que solo Jaques Demy podía atreverse a empalmar dos días sin una noche, y filmar la mayoría de las secuencias con la luz de las 12 del mediodía. Y filmar el valor de un gesto, al que tantas veces ha recurrido el cine, como si se filmase por primera vez.


Y que no hay mayor celebración del cine en color que la de una chica que se detiene delante de una pintura abstracta y le comenta a un marinero que el azul del lienzo le recuerda al azul de sus ojos, a lo que otro marinero le responde "Nos empeñamos en llamar a esa pintura abstracta, pero es falso, porque se parece a sus ojos."
Si me preguntasen hoy qué película salvaría de la desaparición del cine respondería que cuando desaparezca el cine siempre nos quedará la trompeta.
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