
Todos mis fantasmas psicológicos se proyectaron en la filmoteca durante 220 minutos. Estuve apunto de estallar a gritos unas diez veces, y me visualicé otras tantas lanzando mis zapatillas contra la pantalla o el proyector. No hay nada más bello que ver a dos personas que se quieren follando, y si follaran en un museo se convertirían en una pieza de arte. Odiaba a Alexander: le quería. Una brecha en la realidad me hizo comprender que el equilibrio sería siempre imposible en mi vida. Me prengunté si en la vida de los demás sucedería igual, y en qué año estaba filmada esa película, porque yo aún no había nacido por aquel entonces y me preguntaba qué clase de personas me podían haber traido al mundo después de haberse filmado La maman et la putain. Llegué incluso a decidir que esa sería la última película que vería. A partir de ahora el cine me provocaría nauseas. Cuando acabó la proyección renací. Y de camino al bar más cercano surgió en mí la idea de que ese era un filme definitivo.